Críticas

 

Exposición "Profundidades"

Exposición "Medusas"

Exposición "José Martí"

Exposición "Pólvora Sixtina"

 

 

 

 

EXPOSICIÓN "MEDUSAS"

 

 

 "Yo no quiero un amor civilizado,
con recibos y escenas del sofá;
yo no quiero que viajes al pasado
y vuelvas del mercado con ganas de llorar. (...)
Yo no quiero cargar con tus maletas,
yo no quiero que elijas mi champú (...)
Yo no quiero domingos por la tarde;
yo no quiero columpio en el jardín;
lo que yo quiero, corazón cobarde,
es que mueras por mi.
Y morirme contigo si te matas,
y matarme contigo si te mueres,
porque el amor, cuando no muere mata,
porque amores que matan nunca mueren..."

            Joaquín Sabina.

             

 

LOYOLA Y EL CLAN DE LA CICATRIZ
 

Sabinas en flor de tripas y corazón. Sabinas mas añejas que todos los olvidos sobrevivientes de naufragios. Sabinas más vivas que todos los amaneceres sobre la tierra y todas las caricias de las raíces tejiendo manás invisibles...

Burlar el drama y sobrevolar los desiertos a lomo de Ave Fénix. Revelar el secreto. Confesarse. Escribir otro final. Montar el aquelarre. Tatuarse los enigmas. Beberse los conjuros. Aullar a sol y a sombra. Aullar siempre. Reír y llorar siempre. Desterrar al depredador. Encontrar a la manada. Besar a la Parca y tenerle siempre a mano, siempre a sueño, siempre a la vera del camino.

Sabina en flor de tripas y corazón. Sabina patria y Sabina... jamás. Sabina verdugo y Sabina ... Adiós. Hola y adiós. Bendita obscenidad de gerundio! Estirpe del eterno comienzo. Meretriz de los justos finales. Reina y señora decapitada para la eternidad...

Duerman todas las luces y las sombras sobre el rocío de tus ojos para intuir su vientre. Tus dientes de insomnio sobre todos los latidos de su vientre. Manos generosas, cautivas solo para tu garganta. Solo para tu pecho. Solo para tu risa. Solo para su espejo.

Se podrá ser más o menos colorista, figurativo, pop y decó, post y neo lo que se te antoje, y todo lo contrario, y todo junto también. Da igual. Pero mas visceral, ... no creo. Querido Rey, como diría mi salvaje ada madrina aniciática Clarissa P. Estés; No nos engañemos, pues nos lo hemos ganado a pulso con las duras elecciones de nuestras vidas. Si alguien pregunta tu nacionalidad, tu origen étnico o tu estirpe, bastará una sonrisa y la verdad: --El Clan de la Cicatriz.

Brindemos por la sabiduría de lo instintivo y lo salvaje. Soportemos nuestros alaridos, nuestros lamentos y el deseo de morir sin estar muertos. Sintamos todo el dolor. Apliquemos la mejor medicina. Resistamos. No huyamos. Regalemos toda la ternura. Y recordemos: las cicatrices siempre resisten y son más fuertes que la piel!

 

  Sonia Elena Prado Stoytcheva


 

LA IMAGINACIÓN DE LOS OJOS

El pintor moja el pincel, se acerca a la tela y comienza una fiesta de vacilaciones nocturnas. Elige entre modelos que conoce de memoria, salidos de figuras reales, como los sueños, como la amistad, como la cópula. ¿Cómo retratar el rostro de un rostro al que se ve y se conoce hace muchos años?. Encontrado el rostro, cualquiera diría que Reynaldo Loyola ha vivido en parte para pintar estas Medusas o serie de retratos- instantes. Ahora decimos que no tuvo más remedio que pintarlos para mostrar otra vez que la eternidad sólo existe si existe el cuadro, en un tiempo fuera del tiempo que no poseen ni el pintor ni su modelo contemporánea. Medusa, a fin de cuentas, seguirá siendo aquella hija de Porcos, una de las tres gorgonas, la única que era mortal y visible a los hombres; la que Perseo mató y luego ofreció su cabeza a Atenea, quien transformó los cabellos de Medusa en serpientes por haber profanado su templo de sabiduría; Medusa, mito y monstruo repulsivo de apariencia melancólica.

 

Puede que las formas geométricas que acompañan al rostro, cuyos variados linajes merodea la astucia del pop art, puedan verse como marcos y telas y colores y dibujos del caos en que se cifran esos soberbios instantes que hemos convenido en llamar retratos, como si el tiempo real de sumas y restas de horas elaborando la facción más precisa hundiera su origen en los espectros de una sucesiva monja libertina, diabla y sabia. Porque quien mira estas Medusas intuye que su modelo ha estado presente pero no estaba allí, delante de Loyola cuando la estaba pintando. Por eso tenemos la libertad de suponer una cierta complicidad entre ellos sin que ellos se dieran cuenta, para que cada retrato-instante fuera capaz de destruir al rostro retratado. Vistas como imágenes detrás o después o al lado de las otras, toda la victoria le pertenece al que se queda ensimismando estos retratos, complacido en secreto porque el fin y los medios de construcción y destrucción no se notan. Del lado nuestro, meros mirones expectantes, resultan inseparables las manos de Loyola y la memoria de Loyola: Loyola está a solas, pintando instantes de su vida que ya no son instantes de nadie.

 

Suele ocurrirle a quien mira un rostro retratado: espera ver una solemnidad y que en sus ojos no habrá otra cosa que no sea una mirada; no obstante, lo cierto es que la tela y los ojo terminan por deformarlo todo. Si nos diera por imaginarnos sin nadie alrededor, mirando de frente estos retratos-rostros, nos recordaríamos detrás de los cristales y los caleidoscopios que nos ayudaron en otro tiempo, y nos siguen ayudando, a jugar ese antiguo juego que consiste en cómo inventarnos el pasado. El retrato, la tela, tensos sobre el marco, oscilan ante los ojos y se van ondulando, dejándonos sin saber quien desvió la mirada primero, o mejor dicho, qué lado se dio primero por vencido: algo nos dice que al contrario del uno por uno de nosotros, cada retrato se queda allí, resuelto por completo, comprendido a sí mismo.

 

La expresión en cada retrato aquí parece haber sido terminada en tres o cuatro pinceladas, pero dejándonos, valga la paradoja, con la certidumbre de que ni mil y una noches de intentos serían suficientes para insinuar todos los movimientos que ya insinúan aquellas tres o cuatro pinceladas culpables. Vamos de cuadro en cuadro para terminar en los mismos ojos o en aquel caos o pop iniciático; en todo caso, el pintor lleva las expresiones de su único rostro, secreto y ajeno a la vez, hasta precipicios cuyas alturas no podemos medir: dar una imagen es como dar un nombre, y las imágenes de Loyola, vistas en detalle o recordadas de golpe, buscan fijar el desequilibrio de la figura retratada con pleno dominio de la posición y las leyes de movimiento de cada una de sus partículas elementales, en medio de un rapto simultáneo.

 

 Sí. Tenemos la impresión de que la luz y el color y el dibujo y la tela absorben y fijan nada más que la fábula irreductible, semejante a la que habrá visto Edipo cuando se estrujó los ojos y se dejó ver por fin a sí mismo, sin el luminoso engaño de los sentidos, sin las distracciones del mundo exterior, sin otra fantasía que la fantasía ciega de sus manos.

 

 Héctor Febles

Barcelona, febrero 2003

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