Críticas
DE PROFUNDIS CON LOYOLA

Para tocar al hombre necesito
un verso que me ampare,
una misión por él
y los reproches, todos, que le hicieran.
M. V. P.
Podría llegar al cuerpo idealizado, rozar el mito, despersonalizarle; podría venir al cuerpo de la realidad sin otredades, algo genérico, despersonalizable también. Podría barruntar algún retrato, incluso afanarse en sus honduras. Podría ir al desnudo o a la guerra. A las dos a la vez. Pero no habrá desnudos. La angustia me enfrenta a cuerpos estillados que se clavan en los ojos como alfileres. Torsos de almas en pena que van en el cuadro en busca de sus cuerpos, y torsos de cuerpo en goce que se anuncian los latidos. Podría abarcar tanta angustia y soledad en un lienzo. Aventurar todo el amor en un gesto.
Los cuerpos atrapados se escapan. La soledad es la matriz de la existencia si en la soledad lo que puebla nuestros universos se corporiza mentalmente. La angustia desnuda Los cuerpos sin revelar sus intimidades, como el color vela las formas. El amor los lanza a lo desconocido.
Los grandes temas poseen una iluminación sucesiva, emergen de sus honduras poco a poco. Un genio artístico afortunados podría quebrar las tradiciones y ponerse una venda
ante los ojos para pintar a tientas, pintar desde su mismo origen. Únicamente el ciego que recobra la vista puede tener la revelación de la aurora, los demás simplemente la conocen y sólo pueden repetirla.
Llegar al hedonismo de la agresividad, a la ternura por la angustia. La angustia sin disfraz para pasar por sensible. Dejarse morder por el miedo como partenaire gracias a quien se aprende, acaso como único recurso, a amar lo que nos acompaña por el camino. Disfrutar la noeternidad liberadoramente. Ir a contemplaciones otras, a valoraciones otras. El ser y el estar. Pasar. Todo efecto es sublime si no queda reducido a su causa. Porque, con qué lucidez optar por cualquiera de ellas. Porque a fin de cuentas sólo el efecto es necesario, la causa es azarosa. No dejarse seducir por la ilusión de ver la diferencia sexual como el fundamento original de la que todas se desprenden o no son más que metáforas. Intuir que los seres humanos producen intensidades diferenciales mucho mayores a través de dispositivos artificiales, incluso el arte y los monopolios de la información, y no a partir del cuerpo y la biología; que la sexualidad señala en realidad, en su evidencia biológica y deliciosamente pretenciosa, la diferencia más débil, aquella en la que las demás acuden gustosas o provocadas a perderse. Porque la diferencia entre lo muerto y lo vivo, lo noble y lo innoble, el iniciado y el no iniciado, el ingenuo y el sabio, es más fuerte que la distinción de los sexos.
Gustar de estos cuerpos mas confidentes que confesionales, que se ocultan con sus afanes, como otros se ocultan de sus silencios, sus sueños o sus demonios. Seducirnos por sus expresionismos y sus agresividades.
No precisan de contornos definidos ni resplandores realistas. Sábato decía de Kant que se hallaba tan cómodo en el caos, que lo explicó en lugar de solucionarlo. Estas criaturas no se explican: gimen. No hay solución, es creación y retroalimentación. Son suyas. Son mías. Se aman y se rechazan a la vez. No exigen nada porque saben de las oscuras energías del pánico y la agonía de los fuertes, saben de cielos y diáfanas luces solares.
“Lo típico de una pasión universal como el amor es que es individual y que en ella cada cual se encuentra solo. La seducción es dual: yo no puedo seducir si ya no estoy seducido, nada puede seducirme si ya no está seducido. Nadie puede jugar sin el otro, es la regla fundamental. Pero puedo amar sin contrapartida. Si amo sin ser amado, es mi problema. Si no te amo, es tu problema. Los celos son como una dimensión natural del amor, y son ajenos a la seducción. Seducir a alguien no es asumirle, ni absorberle psicológicamente; la seducción no conoce esos celos territoriales propios del amor...Hay algo más fuerte que la pasión: la ilusión. Más fuerte que el sexo y la felicidad: la pasión de la ilusión. Seducir, siempre seducir. Desbaratar la fuerza erótica con la fuerza imperiosa del fuego y la estratagema -en el mismo vértigo construir unas trampas, y en séptimo cielo seguir manteniendo el control de los caminos irónicos del infierno, eso es la seducción, la forma la ilusión, el genio maligno de la pasión.” Baudrillard.
De repente es posible la experiencia de alguna complicidad con estas criaturas juguetonas, de repente: otro juego.
Sonia Elena Prado Stoytcheva
GRAN TEATRO DE LA HABANA
7 de agosto de 1991
PAISAJES A JOSÉ MARTÍ

Hace más de catorce años volví a pisar tierra cubana, digo esto porque ya había tenido el placer de viajar por la isla, y conocer a sus maravillosas gentes.
Un gran acontecimiento cultural, la Gala de Ministros de Cultura de América en el Gran Teatro García Lorca, me llevaría a encontrarme con Reynaldo Loyola, y su exposición 'Profundidades'.
Ya en ese momento sentí que estaba ante un ser mártir de corazón, donde el desgarramiento de lo humano, que sublima hasta crear unos paisajes de formas y colores de profundo amor.
Loyola camina por los senderos de lo visceral, de lo sensual, de la ética, y de la estética, tan olvidada y débil en los últimos tiempos.
El compromiso de existir y negar lo superfluo, lo banal. Su obra reposa en los cimientos del canto a la libertad, desde los fondos panorámicos más coherentes del sabio artista del renacimiento, eterno porque lo humano, nace de la contemplación. Este sentido del espacio, nos lleva a lo divino, o sacro. Fuente de energía o fusión a la tierra, que pisa y hace encontrarnos de nuevo en el homenaje a José Martí, estaba escrito.
Como decía Martí no graba cincel alguno, como la muerte los dolores en el alma. No olvida nunca el espíritu oprimido, el día tremendo que el cielo roba hijos a la tierra. Loyola en sus retratos a Martí, plasma sus paisajes, el dialogo entre dos seres que se comunican en el alma. Una radiografía a la vida y obra de Martí, “sentir la patria, morir todos los días es gozar más“. Piensa, que de las espinas de su corazón nacen rosas blancas. Y concluyo comparando, en sus retratos al Martí Hombre, Político, Escritor, Apóstol, Crítico; como una gran estrella en el cielo, que alcanza el análisis de la luz de tus ojos, iluminando el alma a la vida. Es el sueño de la obra a través de tu ventana abierta a la eternidad.
Felicidades de tu amiga
GLORIA SOLAS
AZUL QUE TE QUIERO, AZUL!
...y seremos la estirpe del eterno comienzo,
de los justos finales.
M. V. P.
Parir, también debe ser esto.
Martí es azul. Loyola lo ha parido. Bendito asombro. Sin manual de instrucciones, ni historias que valgan. Solo vale creer. Solo abrirse el pecho y tender la mano. Ojos de mariposa. Otra memoria. Brújulas de corazones. Dientes de mamífero. Alas de dragón. Y no pisar las flores!
Redescubrir y amar a Martí. Benditos los ojos de vuestras cicatrices, caballeros. Las tuyas, mi príncipe, tantas veces tan mías... Las suyas, cómplice misterio. De amores y de absurdos, de sueños y delirios, de sol y de plomo... Igual, por ellas siempre se mira mejor. Exilios de geografías infinitas y tiempo eterno amasados a fuegos de reencuentros. Olvido de cartas marcadas. Latidos refractarios a la infelicidad.
Tatuajes de preguntas. Grietas de luz. Segadoras lagunas de certezas. Martí es azul y va desnudo. Nunca tan expuesto y puede que jamás tan poderoso. Azul indómito ajeno al frío, de puro tierno. Con todos los rostros del amor. Secreto gerundio rojo. Cálido desafío azul.
Apoteosis de entrega.
Carne y piel viuda de historia y excesos. Reencarnación en puro músculo. Invisible sangre de icono. Cadencia felina y trono de apóstol. Nunca tan expuesto. Jamás tan poderoso. Azul Martí implorante, invencible, real para siempre.
Sonia Elena Prado
Madrid, diciembre 2003
PALABRAS DE INAURACIÓN
Como parte de una enjundiosa jornada de homenaje martiano que se ha extendido durante todo el pasado año y culminará sólo cuando lleguemos el día 28 al 151 cumpleaños, inauguramos hoy una exposición singular, porque el artista lo ha querido así. Ha puesto todo su empeño en reflejar en el lienzo a un José Martí, pero no solo en cuerpo sino también en alma.
José Martí, en su sesquicentenario. Empeño loable, digno de elogio, que ha tenido un resultado especial, impactante, esplendoroso.
A Reynaldo Loyola tenemos en esta Embajada muchas cosas que agradecer, en primer lugar su relación humana, cercana, cálida, su palabra afable y su habitual disposición a colaborar y compartir con sus compatriotas en cualquier momento. Quiero exponer lo que dicen dos expertas de su obra y particularmente de la que vemos hoy aqui.
Gloria Solas señala que camina por los senderos de lo visceral, de lo sensual, de la ética y de la estética, tan olvidada y débil en los últimos tiempos. Sonia Elena Prados dice que Martí nunca ha estado tan expuesto pero a la vez jamás tan poderoso.
Ciertamente cuando Loyola nos dijo que queria hacer este homenaje a nuestro Héroe Nacional nos alegramos por la propuesta. Muchas razones llevaban a la alegría, la primera su iniciativa, la segunda, esas obras podrían adornar temporalmente en algunos casos y permanentemente en otros, nuestros salones. Tendríamos Martí en otras versiones.
No imaginé que tendríamos a este Martí, un Martí cósmico que se eleva sobre el Universo, o a la pléyade de colores que cubren su habitual traje negro, al Martí desnudo entre estrellas o flores, o en el marco azul de nuestras aguas, de nuestro cielo cubano, del color de la bandera. En el marco rojo, blandiendo la pluma y la bandera o la espada, a caballo o sobre América, con Cuba en el corazón, según lo vean los ojos del espectador.
Gracias Loyola por tu gesto, por tu obra, por unirte al homenaje al más universal de los cubanos. Gracias por haber hecho lo que Martí dijo un día del pintor cubano del siglo XIX, Joaquín Tejada. Permíteme parafrasearlo, que no citarlo: gracias por sacar de ti el mensaje natural y ver con tus propios ojos, que es la fuerza. Gracias por darnos el mensaje martiano de la ternura, el amor, la fuerza, la tenacidad, la vida.
Isabel Allende
Embajadora de Cuba en España
Madrid, enero 2004
LOYOLA Y EL CLAN DE LA CICATRIZ

Yo no quiero un amor civilizado,
con recibos y escenas del sofá;
yo no quiero que viajes al pasado
y vuelvas del mercado con ganas de llorar. (...)
Yo no quiero cargar con tus maletas,
yo no quiero que elijas mi champú (...)
Yo no quiero domingos por la tarde;
yo no quiero columpio en el jardín;
lo que yo quiero, corazón cobarde,
es que mueras por mi.
Y morirme contigo si te matas,
y matarme contigo si te mueres,
porque el amor, cuando no muere mata,
porque amores que matan nunca mueren...
Joaquín Sabina.
Sabinas en flor de tripas y corazón. Sabinas mas añejas que todos los olvidos sobrevivientes de naufragios. Sabinas más vivas que todos los amaneceres sobre la tierra y todas las caricias de las raíces tejiendo manás invisibles...
Burlar el drama y sobrevolar los desiertos a lomo de Ave Fénix. Revelar el secreto. Confesarse. Escribir otro final. Montar el aquelarre. Tatuarse los enigmas. Beberse los conjuros. Aullar a sol y a sombra. Aullar siempre. Reír y llorar siempre. Desterrar al depredador. Encontrar a la manada. Besar a la Parca y tenerle siempre a mano, siempre a sueño, siempre a la vera del camino.
Sabina en flor de tripas y corazón. Sabina patria y Sabina... jamás. Sabina verdugo y Sabina ... Adiós. Hola y adiós. Bendita obscenidad de gerundio! Estirpe del eterno comienzo. Meretriz de los justos finales. Reina y señora decapitada para la eternidad...
Duerman todas las luces y las sombras sobre el rocío de tus ojos para intuir su vientre. Tus dientes de insomnio sobre todos los latidos de su vientre. Manos generosas, cautivas solo para tu garganta. Solo para tu pecho. Solo para tu risa. Solo para su espejo.
Se podrá ser más o menos colorista, figurativo, pop y decó, post y neo lo que se te antoje, y todo lo contrario, y todo junto también. Da igual. Pero mas visceral, ... no creo. Querido Rey, como diría mi salvaje ada madrina aniciática Clarissa P. Estés; No nos engañemos, pues nos lo hemos ganado a pulso con las duras elecciones de nuestras vidas. Si alguien pregunta tu nacionalidad, tu origen étnico o tu estirpe, bastará una sonrisa y la verdad: - -El Clan de la Cicatriz.
Brindemos por la sabiduría de lo instintivo y lo salvaje. Soportemos nuestros alaridos, nuestros lamentos y el deseo de morir sin estar muertos. Sintamos todo el dolor. Apliquemos la mejor medicina. Resistamos. No huyamos. Regalemos toda la ternura. Y recordemos: las cicatrices siempre resisten y son más fuertes que la piel!
Sonia Elena Prado Stoytcheva
LA IMAGINACIÓN DE LOS OJOS
El pintor moja el pincel, se acerca a la tela y comienza una fiesta de vacilaciones nocturnas. Elige entre modelos que conoce de memoria, salidos de figuras reales, como los sueños, como la amistad, como la cópula. ¿Cómo retratar el rostro de un rostro al que se ve y se conoce hace muchos años?. Encontrado el rostro, cualquiera diría que Reynaldo Loyola ha vivido en parte para pintar estas Medusas o serie de retratos- instantes. Ahora decimos que no tuvo más remedio que pintarlos para mostrar otra vez que la eternidad sólo existe si existe el cuadro, en un tiempo fuera del tiempo que no poseen ni el pintor ni su modelo contemporánea. Medusa, a fin de cuentas, seguirá siendo aquella hija de Porcos, una de las tres gorgonas, la única que era mortal y visible a los hombres; la que Perseo mató y luego ofreció su cabeza a Atenea, quien transformó los cabellos de Medusa en serpientes por haber profanado su templo de sabiduría; Medusa, mito y monstruo repulsivo de apariencia melancólica.
Puede que las formas geométricas que acompañan al rostro, cuyos variados linajes merodea la astucia del pop art, puedan verse como marcos y telas y colores y dibujos del caos en que se cifran esos soberbios instantes que hemos convenido en llamar retratos, como si el tiempo real de sumas y restas de horas elaborando la facción más precisa hundiera su origen en los espectros de una sucesiva monja libertina, diabla y sabia. Porque quien mira estas Medusas intuye que su modelo ha estado presente pero no estaba allí, delante de Loyola cuando la estaba pintando. Por eso tenemos la libertad de suponer una cierta complicidad entre ellos sin que ellos se dieran cuenta, para que cada retrato-instante fuera capaz de destruir al rostro retratado. Vistas como imágenes detrás o después o al lado de las otras, toda la victoria le pertenece al que se queda ensimismando estos retratos, complacido en secreto porque el fin y los medios de construcción y destrucción no se notan. Del lado nuestro, meros mirones expectantes, resultan inseparables las manos de Loyola y la memoria de Loyola: Loyola está a solas, pintando instantes de su vida que ya no son instantes de nadie.
Suele ocurrirle a quien mira un rostro retratado: espera ver una solemnidad y que en sus ojos no habrá otra cosa que no sea una mirada; no obstante, lo cierto es que la tela y los ojo terminan por deformarlo todo. Si nos diera por imaginarnos sin nadie alrededor, mirando de frente estos retratos-rostros, nos recordaríamos detrás de los cristales y los caleidoscopios que nos ayudaron en otro tiempo, y nos siguen ayudando, a jugar ese antiguo juego que consiste en cómo inventarnos el pasado. El retrato, la tela, tensos sobre el marco, oscilan ante los ojos y se van ondulando, dejándonos sin saber quien desvió la mirada primero, o mejor dicho, qué lado se dio primero por vencido: algo nos dice que al contrario del uno por uno de nosotros, cada retrato se queda allí, resuelto por completo, comprendido a sí mismo.
La expresión en cada retrato aquí parece haber sido terminada en tres o cuatro pinceladas, pero dejándonos, valga la paradoja, con la certidumbre de que ni mil y una noches de intentos serían suficientes para insinuar todos los movimientos que ya insinúan aquellas tres o cuatro pinceladas culpables. Vamos de cuadro en cuadro para terminar en los mismos ojos o en aquel caos o pop iniciático; en todo caso, el pintor lleva las expresiones de su único rostro, secreto y ajeno a la vez, hasta precipicios cuyas alturas no podemos medir: dar una imagen es como dar un nombre, y las imágenes de Loyola, vistas en detalle o recordadas de golpe, buscan fijar el desequilibrio de la figura retratada con pleno dominio de la posición y las leyes de movimiento de cada una de sus partículas elementales, en medio de un rapto simultáneo.
Sí. Tenemos la impresión de que la luz y el color y el dibujo y la tela absorben y fijan nada más que la fábula irreductible, semejante a la que habrá visto Edipo cuando se estrujó los ojos y se dejó ver por fin a sí mismo, sin el luminoso engaño de los sentidos, sin las distracciones del mundo exterior, sin otra fantasía que la fantasía ciega de sus manos.
Héctor Febles
Barcelona, febrero 2003
BENDITA PÓLVORA SIXTINA

Orar no hasta que Dios nos escuche, sino hasta que podamos oír a Dios. Nunca dejar de orar. Y expandirse. Entregarse, confiar y fluir. Asumir y saborear cualquiera de las únicas tres respuestas posibles con igual entusiasmo y agradecimiento. No dejar de pintar y expandirse. Pintar y regocijarse igual de poseso y agradecido con cualquiera de las únicas tres respuestas posibles. Pintar no hasta que Dios te escuche, sino hasta que puedas oír a Dios. Pintar con el si. Pintar aunque todavía no sea el momento. Pintar porque te espera algo mucho mejor…
Pintar con la complicidad del único móvil mágico que escapa al tiempo y al espacio. Sin chips de ninguna generación, ni antenas postmodernas, ni cargadores emergentes, ni teleoperadores fuera de serie… Porque siempre esta disponible, despejado y dispuesto para todos y cada uno de nosotros. Orar a través del móvil más caro del mundo. Ha costado la sangre del Hijo. Pintar el vacío y la esperanza, dibujar lo que no puede verse y colorear la fe. Porque creer solo en lo que ya puede verse, ¿qué gracia tiene?
No dejar de orar. Como si nos fuera la vida en ello. Porque es que nos va la vida en ello. Las dos. Pintar hasta poder escucharle a cada trazo y a cada instante. Porque nada de lo que podamos hacer o decir será nuevo ni propio. Todo nos ha sido dado. Desterrar la soberbia y el orgullo. Liberarse y abandonarse. Fluir en la génesis para recrear otros símbolos. Descubrirse en el pasado y parir nuevas transparencias y colores… Las comparaciones siempre son odiosas. En el clan de la cicatriz nunca aprendemos a odiar. Solo somos pólvora divina. Y venimos al mundo para estallar y contagiarte.
Orar a vida o muerte. Pintar a vida o muerte. Fundir el móvil más caro del mundo con la única contraseña posible. Dejar de ser este pobre misterio biogenético y convertirse en el milagro de la creación. Merecerle. Renacer dignos de ser y estar. Rozar siquiera Su sacrificio, imaginar siquiera Su amor… Ofrecer, al menos, la entrega. Total, incondicional y absoluta. Volver a la génesis. Recuperar los pasos perdidos para encontrar los trazos de una nueva mirada. Recuperar la pólvora dormida para y decretar otra arquitectura del alma. Rebautizar los sueños, bailar con sus reflejos y dejarles libres después de los espejos. Volar con ellos. Renacida pólvora divina.
Orar a corazón abierto. Sin letanías ni manual de instrucciones. Sin cómputos ni chantaje emocional, sin recetas ni intermediarios… Orar solo a corazón abierto. Pintar solo a corazón abierto. Pintar incluso enmudeciendo. Desgranar de repente todas las respuestas y naufragar en las lágrimas del agradecimiento porque ya solo ellas pueden amasar cualquier color. Borrar el miedo para siempre. Olvidar las dudas. Orar enmudeciendo porque cada partícula de nuestro ser ha instaurado para siempre la comunión que trasciende cuerpos y palabras.
Pintar a corazón abierto. Gracias, Señor, por cada día de angustia que permita aprender a escucharte para quedarse solo con la luz. Gracias por la fe y la oración. Gracias por la pólvora de tu hijo Loyola. Por el testimonio de su grandioso estallido en esta bendición. Bienvenidos al mejor lugar en su mejor momento. A la fiesta de la humildad de la sabiduría sobre el eco de los aullidos del ego. Solo hay que soltar el alma y abandonarse… Bienvenidos a una nueva vida. Hágase la luz… ¡Bendita pólvora sixtina!
Sonia Elena Prado Stoytcheva
Madrid, Diciembre 2006
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